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Si tienes una idea, ámala.

1 de julio de 2010

Y siempre suena... (Capítulos del I al VIII)


Capítulo I. El Periódico

Cuando alguien llega a una ciudad nueva y no conoce a nada de ella, ni tiene a nadie, lo primero que lo orienta es el periódico local. Ella llegó ese mismo día. En el primer kiosco que encontró compró un mapa, una botella de agua pequeña y aconsejada por el dependiente, “El Amanecer”, el diario más antiguo de la provincia.

Caminó hasta que encontró una cafetería donde buscar alojamiento, hacer unas llamadas y tomar café. Eso colmaría su preocupación un rato. Se sentó en la barra, sola, con el periódico extendido.

No le interesaban los avatares de la política, ni las polémicas Leyes sobre Prostitución aprobadas recientemente y las páginas escritas sobre el asunto. Dirigió su energía directamente a la sección de clasificados.

- Alquiler, Alojamiento, Alojamiento por días… – rebusca inquieta- al menos hay dónde elegir –apunta en voz alta. Lástima que el tiempo esté tan raro, ni llueve, ni despeja, parece que va caer una tormenta en cualquier momento ¿no crees?

- Seguro que llueve – contestó indiferente el camarero – cuando avisa, siempre cae.

Llamó a tres Hoteles antes de decidirse por uno. Era barato y le pareció cercano. No se equivocó porque, en realidad, estaba al otro lado de la calle. Con esta oportuna elección podría desayunar tranquila, repasar bien el periódico, buscar trabajo, leer el horóscopo… Además le sedujo su nombre:
- Hotel California – con tono curioso – como la canción. Así no me olvido, no sería la primera vez que me equivoco de Hotel.

El camarero sonrió con la ocurrencia, con los nervios propios de no saber si la chica lo decía con segundas. Para no parecer antipático, le indicó:
- Sí, el nuevo… es ahí mismo… esa puerta –señalando al edificio- ¿seguro que te quieres hospedar ahí?
- ¿y por qué no? Es barato y está cerca del centro. Si fuera a otro, tal vez no vuelva por aquí, por esta plaza… además va llover, tú mismo lo dijiste.
- Has llegado hasta aquí solita, compruébalo tú misma. Dicen que es muy frecuentado por señoras de compañía…
- Por putas… ¿y? – interrumpe con una sonrisa- No me voy a acostar con ellas… ¿tú sí?
- No, no, no –se sonroja-
- Sigo sin entender cuál es problema, entonces…
- La podrían confundir con una de ellas
- Todos somos putas, todos nos vendemos por algo, no se equivocarían mucho… ¿acaso no te vendes tú por un sueldo rácano y, posiblemente, sin contrato de trabajo?
- No es lo mismo, pero puedes tener razón… ¿vas a ir?
- Por supuesto. Dime qué te debo.
- Déjalo, invita el jefe… es verdad que no tengo contrato y me cambia los turnos como el que…
-Vale, gracias… a cambio te leo el horóscopo, ¿qué signo eres?
- No creo mucho en horóscopos. Me conformo con que vuelvas…
- No sé. Venga, dime…
- Cáncer, pesada.
- Mejor no te lo leo, ciao, guapo… no vemos
- Eh, ¿qué dice? – detrás de ella- ahora no me dejes así, dime.
- ¡Usa los clasificados para cambiar de trabajo – mientras se aleja dejando el periódico sobre un taburete – una desconocida, te dará un buen consejo!






Eagles (2004 live)- Hotel California






Capítulo II. La Terraza


No siempre le apetece, pero pasa por allí entorno a las ocho y cuarto, justo antes de la cena. Siempre los miércoles. Es otoño, llueve a ratos en una tarde gris, fría, húmeda, pero no le importa y no quiere cambiar la costumbre. Las sombrillas, también son paraguas y unas estufas de exteriores reparten el calor justo a cada mesa de la terraza.

El camarero ya sabe qué servir: un café con leche, un vaso de agua y una magdalena de chocolate con nueces. “Hay cosas que no cambian”, comenta a su compañero. Aprovecha su apasionante viaje con destino la compra de la semana, para tener un respiro y hacer una lista en la que siempre falta algo.

De pronto pasó ella hablando con el móvil, ataviada con un paraguas rojo y una bufanda de lana a juego. No llovía en ese momento pero se cubría y apretaba el bolso al mismo tiempo, como si dependiera de ese abrazo. Colgó su llamada en un gran enfado. Se miraron pero no se vieron.

Ella se sentó en un banco, justo enfrente y de espaldas. Las mesas empezaron a animar su paisaje y se llenaron en cuestión de minutos. Un músico callejero, guinda de la postal, llega con un carrito del que sobresale un micrófono. Se paró justo en medio y quedó mirando la muchacha del banco totalmente cubierta por el paraguas. Desenvainó su guitarra eléctrica y empezó a sonar “Hotel California”, con todos los instrumentos pregrabados y su voz en un perfecto inglés.

- Es como si lo hubiera soñado – pensó desde su mesa mientras recoge restos de chocolate con el dedo- la misma lluvia, los mismos camareros, la misma terraza llena de gente, la misma canción… ella hace este decorado es diferente.

Sin llegar al estribillo, esa parte de la canción que cualquiera chapurrea, el ambiente ha creado un halo de belleza que invade toda la escena. La música suena compacta y el músico parece más entregado que nunca. Una sucesión de tópicos relacionados con los charcos adornan, aún más, el momento.

Ella cambia la orientación de su cuerpo y deja la mirada fija, despreocupada, tranquila, emergiendo desde las rodillas dobladas por el efecto de llevar los pies al asiento del banco, su cabeza, como resultado de esta postura “cómoda” se apoya suavemente en el antebrazo. Así obtiene un ángulo perfecto del músico y la terraza.

Él la mira y esta vez sí puede verla. Ella no parece extrañarse de ese intercambio. Se mantienen en esa misma fijación mientras la música avanza imparable hacia el riff del final. Ninguno de los dos hizo el menor gesto pero él no pudo contener el esbozo de una leve, ínfima, sonrisa.

En ese preciso instante en el que todo es bello. Ella se levanta apresurada, sola, rompiendo por completo el hechizo como un grupo de palomas al paso de un niño. Se marcha perdiéndose por la avenida con su estela roja.

Él siguió su recorrido, sonrió, esta vez abiertamente, con la actitud del que saborea una victoria. Entre sus dientes hizo por enviarle un mensaje a la fugaz musa:

–No, no podrás robarme mi ratito de tristeza.



Versión de Hotel California realizada por Vocal Sampling (CUBA).






Capítulo III. La llamada

- Carmen, ¿Dónde estás?
- Más cerca de lo que me gustaría – siempre enfadada – En la calle y está a punto de llover ¿qué quieres?
- A ti, ya lo sabes – con tono gracioso.
- Sí, sí… ¿y aparte de eso?
- Volverte a ver. Salí justo en el tren siguiente al tuyo, acabo de llegar. Hoy es miércoles y ando medio tirado, de gira – sonríe.
- Como siempre – Carmen se sienta en un banco y se cubre con el paraguas- ¿y qué pretendes llamándome?
- De momento buscar terrazas para tocar, me gustaría que me vieras, monté una versión nueva…
- Será una versión nueva de Hotel California – interrumpe – y eso es “lo nuevo”, ¿verdad?
- Sabía que te gustaría, ¿nos vemos? -insiste- quiero verte.
-¿Sabías que me gustaría? No tienes ni idea, la misma canción –indignada. Hemos estado tres años juntos, tres años que llevas tocando la misma canción en las terrazas. Ahora, que me separo de ti, vienes con que me la quieres cantar. Eres increíble – silencio conteniendo sus lágrimas. No, este Hotel está completo, es más, cerró hace un mes. Toca treinta veces la misma canción si quieres, es tu trabajo… ¿no?

Hoy es miércoles, hazlo imaginándome si quieres, pero no te engañes. Suerte, te hará falta, va a llover. ¡Hazlo bien! Ciao

- Carmen, es mi forma de pedirte perdón por no haberlo hecho antes, sólo para ti.
- Para mí y para los turistas, no seas cínico. Si eso fuera cierto, me llamarías para cantarme “La Vie en Rose” o cualquier otra canción y, en cualquier caso, ya es tarde. Ya te repites con la canción, no lo hagas con tus palabras.
- Adiós, un beso, cuídate.



“One Man Band Hotel California” en Ueno park (Tokyo).





Capítulo IV. El Arresto

Nadie podía esperar lo que estaba a punto de pasar. La terraza arrancó con un espontáneo aplauso justo al terminar la canción. Un silencio contiguo desató a uno de los chicos:
- Me encanta esa canción, Hotel California, ¿verdad?
- Sí, The Eagles – seco y mirando hacia la avenida-
- ¡Eso! Hotel California… se sale –insistió el chico cantando- me la bajaré en el Emule – risas cómplices.
- Sí, es un clásico, seguro que la consigues.

Los chicos de otra mesa, repetidas veces, le pidieron otra canción. El primero se esmeraba en escribir “Eagles” en una servilleta mientras reía entonando la letra. Reían todos menos el músico, que asentía y obsesivamente rebuscaba el paraguas rojo o el rastro de ella, como el que perdió algo o espera a alguien.

Sin más, se cortaron de golpe todas las conversaciones entrecruzadas de la terraza, las risas, el jolgorio creado apuntando un título imposible… él no dejó de mirar hacia la avenida. Encontró la voz cada vez más ronca de un agente de la Guardia Urbana acercándose por la espalda y luciendo uno de esos “malos días”.

- Usted, el de la guitarra, enséñeme su documentación.
- Soy el único – sin girarse – que no hace ruido.
- Si no quiere que le multe, recoja y marcharse, inmediatamente.

Siguió en su posición sin hacer caso a la advertencia, sin tornar la vista para ver el peligro. El agente ya estaba colocado justo a su espalda, para poder oír al músico murmurar:

- Déjame en paz, ¡payaso!

El agente no dejó que rectificara la ofensa, siquiera le sugirió que la repitiera. De ahí hasta la comisaría fue un minuto de cruces, de frases acaloradas e impotencia. Finalmente, apareció la ira en una explosión manifestada con aspavientos del músico y un golpe a la mesa, que hizo justificar, aún más, la acción de reducir al músico por la fuerza.

Los clientes dejaron de dar consignas por el músico y lo dejaron a su suerte. Por tocar en la calle, normalmente, no lo detendrían. Su reacción violenta y, la predisposición del agente, le hizo terminar con sus huesos en el calabozo.

A la mañana siguiente intentó hablar con Carmen. Tarde para casi todo, no contestó.

El balance se saldó con una Multa de 300€ para recuperar el equipo y con un Requerimiento para determinar si le retiran la Licencia de Actividades Artísticas. El agente, por suerte, se conformó con que pasara la noche entre rejas.

Nadie de la terraza supo su nombre. Anónimo, golpeado y solo. Ese fue su último miércoles, entorno a las ocho y cuarto, justo antes de la cena.




Farhad Besharati – HOTEL CALIFORNIA







Capítulo V. El Suceso
Nunca veía las crónicas de sucesos, las esquelas, las misas, los pueblos anegados por la lluvia, los misterios indescifrables de asesinos en serie, las caras de desaparecidos, los dramas… nunca pensó en salir en un noticiero hablando de su dolor, pero cuando le tocó, lo hizo.

Tenía 39 años. Tenía una casa y jazmín en la huerta junto a un frágil limonero. Los muros de la entrada se escondían en la enredadera y el verde salpicaba el espejo del recibidor junto a la puerta de la cocina y el salón.

Contaba que le gustaba la música y por eso, llenaba de discos y compactos las estanterías. Junto a libros y enciclopedias dejaban los huecos justos para enseñar las láminas de Dalí y Óscar Domínguez. Un ingenioso sistema de sonido, lo repartía entre las habitaciones de la casa mediante pequeñas columnas, como si de un hilo musical se tratara. Tal vez por esta razón, por esta mezcla entre culto y listillo, por ese aire, su historia se contaba cierto tono jocoso.

Las Noticias informaron que un hombre “había salvado milagrosamente su vida, después de haber escapado de un incendio”. El fuego seguía sin estar controlado debido a la gran cantidad de productos inflamables.

Aturdido, en riguroso directo contó lo sucedido para el Canal 10:
- Trabajo por la noche en un bar pinchando música. Al llegar, preparaba algo de comer y en lo que se calentaba, me puse unos auriculares con un tema de los Eagles, “Hotel California”, sin darme cuenta que tenía activado el “Repeat”. Me senté y lo siguiente que recuerdo es que toda la casa se llenó de humo, me lloraban los ojos, no podía respirar… fatal. Sólo he conseguido salvar estos auriculares…
- ¿Se encuentra bajo los efectos del alcohol? ¿drogas?
- No, no… conocí a alguien muy especial después del trabajo y no he dormido. Ya me entiende – con actitud orgullosa.
- ¿Y qué siente ahora? ¿impotencia, rabia, gratitud por haber salvado la vida?
- Estoy impactado. Esa persona, precisamente, me dijo que todo cambia en cualquier momento. Oía esa canción por ella. Tienes tu vida ordenada y en unos minutos… No sé que pensar, hace un rato estaba en el Hotel California junto a ella y, ahora, perdí mi casa, mi ropa, mi colección de música… lo perdí todo.
- ¿Pasó la noche en ese Hotel con una señorita? –interrumpió la periodista.
- Sí ya le he dicho, nos conocimos anoche. Vino a buscarme al bar. Desde que terminé, casi a las siete de la mañana, fui a buscarla… ¿puedo saludar? – sin esperar la contestación- ¡Un beso Carmen!
- Ese Hotel, permítanos el apunte en este momento tan dramático para usted, ha sido noticia en todas las televisiones por haberse convertido en una casa de alterne ¿lo sabe verdad?

Su cara contestó por él.



Eagles - Hotel California (live subtitulado)








Capítulo VI. El Coche

-Venga, si quieres, te acompaño hasta el coche, tengo que salir.
-Carmen, ¿Qué hora es?
-Las 10.30 de la mañana.
-¿No me puedo quedar?
-Sí, hasta las 10.30. Venga – insiste con tono coqueto – si no te levantas, no te vuelvo a invitar. Date una ducha para que te despejes, si quieres.
-Ven – retozando – prefiero quedarme contigo.

Carmen rebusca en las llamadas perdidas del teléfono, de espaldas, junto a la ventana de su habitación y vuelve a retomar la palabra: – Es curioso lo que puede cambiar en un minuto, ¿no crees? -sin esperar la respuesta- El que llamó antes es “mi ex-”, prefiero no tener que dar explicaciones… lo entiendes ¿verdad?

Es raro que llame a esta hora –pausa reflexiva- no dejó mensaje, es muy extraño… ¡capaz que le pasó algo!

-Tranquila –asintiendo e incorporándose- ya me ducho en casa. Así hago tiempo hasta la hora del almuerzo, si me acuesto ahora perderé todo el día durmiendo. Ven, quiero besarte.
-Venga, vamos, estoy preocupada –le besa condescendiente.
-Voy a tener que ponerme a cocinar para aguantar hasta la hora de la siesta.

Salieron juntos hasta el coche aparcado justo enfrente del Bar “El Encuentro”. Le dio un beso en la mejilla pero esperando un giro hasta los labios y se abriendo la puerta enérgicamente, le preguntó con su mejor sonrisa:

-¿Te llevo a alguna parte?
-No, de verdad –sonríe con la ocurrencia- muchas gracias. Antes que nada voy a desayunar aquí enfrente, trabaja un conocido. Te veo en el Pub ¿no?

Ya con el motor en marcha y desde la ventanilla, insiste:

-Mira lo que venía oyendo – Hotel California en la radio del coche – menos mal que cambié de idea y vine a verte. Ésta es nuestra canción. Yo sí pude escapar del Hotel… ¿has leído la traducción de la letra?
-No. Y no sé si quiero oír la misma canción siempre, pesado. Venga, vete – en tono amable – Nos vemos.
-Te tomo la palabra. Nos vemos.
-Sí, claro, sí –irónica y sonriente.




Hotel California por The Gipsy Kings





Capítulo VII. La Cama

Sonó un zumbido intermitente, como de una alarma de móvil pero con talante más melódico. Le pareció que no estaba solo en la cama pero siguió quieto. Tenía un sueño profundo y extremadamente sordo al mundo exterior. No sentía más que el calor de la almohada y el tacto de las sábanas. Confundía su subconsciente, siempre le ocurría eso, con los sonidos de la mañana.

Ella seguía a su lado, pero él no lo sabía. Quieta, muy quieta, solapada a su espalda como una sábana más. Dormía así por costumbre, con quien fuera que durmiera. Siempre abrazaba la espalda y se quedaba quieta, muy quieta, aunque hacía rato que despierta, dormía, y dormía despierta.

Los accidentes de tráfico no entienden de sexo, de descanso, de horas muertas, de silencio y un golpe primero, alboroto de gente después y una sirena más tarde, entraron intrusos con la luz de la persiana y él, en eso, se dio la vuelta y la vio, paradita, casi dormida y casi despierta.

Recordó sus besos nada más verla y acarició su piel desnuda intentando no romper su belleza. Entendió los ruidos, las voces ajenas a su idioma y a su comprensión. No estaba en casa. Entendió el aroma a flores e incienso, el poli-tono malsonante de Hotel California en el grito de una llamada importante que nadie atiende. Entendió el camino de la noche anterior, el Hotel.

Carmen seguía rendida, pero justo en eso, en pleno recorrido de la vista desde el cuello hasta los párpados, sus enormes ojos oscuros se abrieron en plena coincidencia y quedó quieta mirándolo sólo a él.

Sólo pudo besarla y comprobar, que esa parte del sueño, era lo único real. Y así despertaron, con un beso.




Bob Marley - Majek Fashek Hotel California (Reggae Remix)





Capítulo VIII. El Pub

Lo miró fijamente de arriba a abajo, sin reparar en ser discreta, justo hasta donde llegaba la mesa de sonido oculta por la pared, por lo que el recorrido se repitió en varias ocasiones. Él no se dio cuenta hasta pasado un rato. Carmen, bailaba con todas las canciones, mirándolo en la pecera destinada al DJ. Detrás del cristal, de vez en cuando, levantaba la vista para ver cómo ella dejaba sus destellos al descubierto.

Encontró una salida en la urna ubicada en el lateral, un punto donde si se acercaba, él se podría acercar a hablar con ella. La música y el ritmo eran sus únicas armas para conectar con ella, pero también su cadena.

Así, Carmen, viendo la clara reciprocidad del obvio coqueteo, se acercó mientras dejaba fija la presa, hasta que le hizo una seña. Él correspondió con otra y la gente, sus cabezas no importaron. Ella le hizo salir casi de cuerpo completo de la vitrina y le dijo:

- Hola guapísimo – siguiendo el juego – ¿me pondrías una canción?
- Claro, si la tengo… tú dirás – contestó él – estamos a punto de cerrar.

Se acercó al oído y le endosó, en el cuello, un pequeño mordisco. Antes de que reaccionara, giro la cabeza y dijo al oído:

- Hotel California, es un sitio agradable. Pregunta por Carmen.
- ¿Carmen? Qué bonito –totalmente impactado y en pleno disimulo de sus nervios- sí, haré ambas cosas, te veo luego.

Así se rompió la tradición de terminar su labor de “pincha” con La Vie en Rose y la música, terminó con el tema de los Eagles, costumbre que se instaló en sus sesiones desde entonces. Éste gesto le hizo ganar como premio un beso volado de ella en una gran sonrisa.

Llegó más tarde de lo esperado a la cita, entró y preguntó por Carmen sin rodeo alguno. El resto de la historia ya la conoce o la imagina.








Uno de los mejores COVER que hemos encontrado: Sungha Jung - Hotel California


1 comentario:

  1. Marta4/7/10

    La versión de Bob Marley me ha cautivado... aunque hay quien dice que no es él el que canta, de eso nadaaaaaaaa!!! es genial!!! una gran historia, con múltiples interpretaciones y múltiples versiones acústicas...una vez que la conoces, te atrapa... así que... Welcome!!

    Marta

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