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8 de octubre de 2013

Cristales rotos

Ventana rota, La Laguna (Tenerife)

Intentarás luchar -porque piensas que una persona que lucha es más honesta y mejor- y encontrarás el mismo resultado del principio: una montaña rusa, una ventana rota.

Subes y bajas pensando que es lo normal hasta que un día te detienes. El peso, el cuello, el cansancio de la velocidad, la rutina... y quieres llegar a casa, sentir la protección de tu hogar.

Verás como, poco a poco, empiezas a ver el mundo desde una ventana; incomprensible, lento, insonoro, ajeno.


Recuerdas que, en otro tiempo, abrías tus ventanas sin conocer la palabra miedo, observando cada detalle y orgulloso de tu posición.

Pero una propiedad del cristal -y del alma- es que puede romper en cualquier momento.

Ocurre que si las ventanas están rotas y los cristales se reparten por el suelo, dar un paso, es tentar al dolor.

La libertad no entiende de barrotes, ni de cortes en las plantas de los pies. Desgraciadamente, el tiempo hará el resto: arañar, erosionar, romper, crear sombras y musgo.

Ya no puedes abrir tu alma de par en par, ni bajar la guardia. Tus cristales están rotos y cuando llueve, llueve por dentro.

Si caes, tocarán tus manos el suelo y los cristales. Te llenarás de tiritas -no es ningún deseo- pensando que las oportunidades merecen la pena... no hay tregua posible.

Si la luz no entra en la casa, ni se ventilan los rincones con el fresco de la mañana, ni te protegen cuando hay viento... no hay tregua posible.

Si hay tormenta, suenan ruidos, golpes, tanto frío que las bufandas no pueden calmar el hambre de paz... no hay tregua posible.

No permitas que rompan tus ventanas.     








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