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4 de noviembre de 2009

Pastillas

Cuestión de tomar la serie de cinco pastillas preparadas sobre la bandeja y aquello terminaría para siempre. Un final feliz, pensó. Tomó la primera sin pensarlo.

No era creyente. No esperaba a Dios porque nunca le pidió clemencia o ayuda. Su mano divina no apareció para calmar su dolor crónico y su enfermedad terminal caminaba por sus días, imparable. Su intervención no tenía nada que ver con la química comprimida de las pastillas y nunca quiso un paraíso donde descansar eternamente.

Se preguntó: ¿Habrá pastillas en el cielo?

Masticó la segunda para dormir la lengua y no poder hablar.

Sus recuerdos desfilaban sin orden de importancia desde su niñez hasta su último amante. Pensó en su madre y en la suerte de haberla tenido cerca cuando la necesitó, de haber saboreado sus comidas, de sentirse entendido y apoyado. Pensó en aquel día de lluvia involuntaria en que se despidió de ella para que no lo viera morir. Creía en su discurso que ninguna madre merece ese castigo. Tomó la tercera pastilla dando las gracias y lloró de alegría.

Por un rato divagó entre recuerdos de amigos. Pensó en aquella vez que se durmió caminando en mitad de una borrachera, en alguna caída tonta, en su bar favorito, en los cumpleaños que empezaba a celebrar diez días antes, por si acaso, decía. Brindó con la pastilla enfrente del espejo y en la bandeja, una sola dosis.

No quiso tener pareja y ser un lastre pero, inevitablemente, era un enamorado de la vida y, ella, nunca quiso un final con lágrimas. Pensó en sus gestos, incluido, dejarlo solo. Cogió aliento, un suspiro y sonriendo, acercando su mano imaginaria al pecho, tomó la última pastilla y se tumbó a esperar el efecto.

Se hizo el silencio absoluto en sus ojos.

A la mañana siguiente todo había terminado. Entraba una luz oportuna por la persiana hasta sus párpados. Él, inmóvil e impasible en la cama, sintió por primera vez en su vida un despertar en paz. Despertó para comprobar que las pastillas mataron por completo el dolor y ya nunca más lo volvería a sentir. Al fin, había llegado la cura definitiva.

Desde aquel día vivió contando la historia de esas cinco pastillas, las últimas que tomó en su larga vida.





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