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21 de julio de 2014

Mi querido ombligo

Ombligo #versiónlagunera

Y muchas veces no es mucho más que eso, mirarse el ombligo. Ahí fuera estará pasando de todo pero, si fijas la mirada en ese punto, puede que no te afecte la sangre de una guerra, las casas derrumbadas o los niños corriendo por la alarma de bombardeo... la masacre.

Lo cierto es que el ombligo propio tiene un poder ilimitado sobre la capacidad de olvidar u omitir cualquier desgracia ajena.

Y desde ese punto, donde el ego se infla casi tanto como un estómago después visitar a tu madre en la hora del almuerzo -la mía tiene una mano en la cocina que genera ese efecto- la memoria y la empatía pueden estar de vacaciones permanentes.

Sin embargo, no quiero ser esa clase de hombre… por más que mis venas artísticas se empeñen en generar ese efecto y el tiempo no suela tener un mínimo de permisibilidad.

Que lleguen mis manos cuando los amigos me reclamen. Que siga -en lo oportuno- con el enfado de leer las noticias y mis principios sigan participando en las redes sociales, lanzando un mensaje de paz. Que las palabras sirvan de efecto al que necesita ese abrazo... ojalá perdone que no siempre cumpla con lo que escribo.

Con la mirada centrada en la lucha del pan nuestro de cada día (pero sin ayuda divina para lo cotidiano) espero seguir teniendo cierta perspectiva, aunque me equivoque, para compartir el dolor y acompañar a los que luchan por las injusticias. Te pido perdón por no tener tanta fuerza, ni tiempo.

Sí, tengo un ombligo que me complica la vida por preocuparme de lo que no me toca, duele más de lo que imaginas… ojalá siga siendo ese hombre cuando pesen los años.



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